Flashforward (Recuerdos del futuro) by Sawyer Robert J

Flashforward (Recuerdos del futuro) by Sawyer Robert J

Author:Sawyer, Robert J. [Sawyer, Robert J.]
Format: epub
Published: 2010-01-11T14:54:50+00:00


17

—¿Diga? —era una agradable voz de mujer.

—Ah, hola, ¿es... es usted la doctora Tompkins?

—Al aparato.

—Ah, hola. Soy... soy Jake Horowitz. Ya sabe, del CERN...

Jake no sabía lo que esperaba. ¿Afecto? ¿Alivio al no haber hecho ella el primer contacto? ¿Sorpresa? Pero ninguna de aquellas emociones apareció en el tono de Carly.

—¿Sí? —dijo con voz neutra. Eso era todo; sólo “Sí”.

Jacob sintió cómo se hundía. Puede que debiera limitarse a colgar, alejarse del teléfono. No le haría daño a nadie; si Lloyd tenía razón, antes o después estaban destinados a estar juntos. Pero no podía hacer eso.

—S-siento molestarte —tartamudeó.

Nunca se le había dado bien hablar con mujeres por teléfono. Y, en realidad, no había llamado a ninguna, al menos de ese modo, desde el instituto, desde que reuniera el valor para llamar a Julie Cohan y pedirle una cita. Le había llevado días prepararse, y aún recordaba su dedo temblando al marcar el número en el teléfono del sótano de sus padres. Podía oír a su hermano mayor paseando arriba, el suelo crujiendo con cada uno de sus pasos atronadores, como Acab en cubierta. Le había aterrado la idea de que David bajara mientras él hablaba.

El padre de Julie había respondido al teléfono y la había llamado para que cogiera un supletorio; no había cubierto el auricular, y le hablaba con dureza. Nada que ver con el trato que él daría a Julie. La chica descolgó el aparato y su padre colgó con fuerza. Entonces oyó su voz maravillosa:

—¿Diga?

—Ah, hola, Julie. Soy Jake... Jake Horowitz. —Silencio. Nada—. De la clase de Historia Americana.

Un tono de perplejidad, como si le hubieran pedido que calculara el último decimal de pi.

—¿Sí?

—Me preguntaba —dijo, tratando de parecer despreocupado, de no sonar como si toda su vida dependiera de aquello, de no transmitir que su corazón estaba a punto de estallar—, me preguntaba si te gustaría... ya sabes, salir conmigo, quizá el sábado... si estás libre, claro. —Más silencio; recordó cuando era niño, cuando las líneas telefónicas solían producir algún sonido de estática. En ese momento lo echó de menos—. Podríamos ir al cine —dijo, llenando el vacío.

Más latidos, y después:

—¿Qué te ha hecho pensar que querría salir contigo?

Sintió cómo su visión se nublaba, cómo su estómago se encogía, cómo se quedaba de repente sin aliento. No era capaz de recordar su respuesta, pero de algún modo había colgado el teléfono, había logrado no llorar, se había quedado sentado en el sótano, escuchando los pasos de su hermano mayor en el piso de arriba.

Aquella fue la última vez que había llamado a una chica para pedirle una cita. No, no era virgen (claro que no, por supuesto... Cincuenta dólares rectificaron ese problema concreto una noche en Nueva York. Al acabar se había sentido horrible, humillado y sucio; pero algún día estaría con una mujer con la que quisiera estar, y le debía a ella, fuera quien fuese, si no ser un experto, al menos tener alguna idea de lo que hacía).

Y ahora parecía que estaría con una mujer.



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